Morocha,
ya terminó la noche,
crepuscular forma de tenerte.
Oscuridad, cielo, tu piel morena,
estrellas por doquier,
constelaciones de formas inciertas.
Morocha.
Anfiteatro de Dios.
Silencio,
tus pechos que se esconden
entre el deseo
y la seducción de lo inmanente de tu tiempo.
Morocha
sos ayer,
esta mañana en mi desayuno
y a la tardecita
cuando te desnudo de ansiedad.
Y son tus pechos
pronunciados en los susurros de mis manos,
manos de noche oscura,
de duda en tus labios.
Morocha
te acaricio con mente de patio
a la hora de la siesta
y siguiendo el ritmo
de las chicharras
que festejan el tan ansiado beso.


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