Esperando una llamada,
tu voz negada tirita
en el gris mortífero de la ausencia.
Tiemblan tus labios
y tus manos
de fríos y finos dedos.
En vacios inmemoriales
del silencio tuyo,
te conmino a que me llames
en cuanto te dejen y puedas.
Tus viejas y escondidas razones
se estremecen desbordadas de ayer y frío
y hoy solo son memoria
que no ve la luz,
quizá por vergüenza
o miedo.
Hoy extraño tu llamada,
será de Dios
que tenga que esperar hasta el fin de semana.
Necesito hablar con vos hoy
en el medio de tu risa,
rubor de tardes
a media asta tus pestañas,
y tu vergüenza.
Por eso hoy repito el llamado
orillando la rivera del sueño,
ese sueño que deja reír tus ojos
en total plenitud
de la libertad del alma tuya.


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